NARL - Capítulo 1

En una noche de Agosto, una de esas noches calurosas de verano, en las que se hace una misión imposible dormir, Rebeca y Laila optaron por darse un baño en la piscina, mientras sus chicos terminaban su partida de billar de cada viernes.

Entre risas y chapoteos, las dos amigas, empezaron a recordar a sus respectivos novios y a esas horas el efecto de los Manhattan, bastante cargaditos por cierto, hablaban más que ellas.

—Ohhhh... Rebeca, yo  no sé Alan, pero te aseguro que cuando le llevo la contraria a Nathan, sé que luego lo voy a pasar de maravilla... —Laila escenifica su frase acariciando sensualmente sus pechos.

Rebeca no puede evitar reírse ante la espontaneidad de su amiga y se apresura a dejar el listón de su novio bien alto.

—Pues en algo se parecen... A Alan llévale la contraria, sé su fiel compañero o ignóralo como si de un fantasma se tratara, que seguro que lo lamentas... Bueno no, ¡¡¡lamentarás que pare!!!

Las risas de las chicas llegaron a oídos de los dos hombres que enfrascados en su partida, al menos hasta ese momento, se miraron intrigados.

—¿Qué estarán tramando ahí afuera la perversión y la lujuria personificadas? —pregunta receloso Nathan soltando el taco sobre la mesa.

—No tengo ni idea, socio, pero creo que deberíamos comprobarlo ahora mismo —contesta Alan haciendo lo propio con el suyo.

Así que, los dos amigos, únicamente cubiertos sus deseables cuerpos con sus sexys boxers, uno negro y otro blanco, se dirigieron a la piscina.

En cuanto aparecieron en el jardín, ocurrió como si las chicas hubieran tenido un botón de apagado, porque las risas se acallaron de golpe. Las dos se quedaron absortas, ensimismadas y perplejas, contemplando el espectáculo que se les venía encima.

Alan y Nathan se acercaban lentamente a ellas y en el corto recorrido que separaba la puerta de entrada al jardín hasta el borde de la piscina, las chicas pudieron deleitarse contemplando esos torsos desnudos con sus fuertes hombros bamboleándose al ritmo de sus esculturales piernas.

La cinturilla de sus boxers cortaba magistralmente esas líneas oblicuas antes de perderse en las profundidades de la virilidad que la suave tela de algodón dejaba apreciar desde esa distancia, virilidad que ellas ya desde hacía segundos estaban deseosas de palpar y sentir en sus cuerpos.

—¡Joder, la madre que los parió! —exclama Laila, con su caracteristico vocabulario.

—¡Buffff... suerte que estoy dentro de la piscina... me temo que de no ser así, ya me hubiera derretido... —secunda su no menos expresiva amiga Rebeca.

—¿Algún problema, princesas? —pregunta Alan con su seductora voz.

—¿Necesitáis ayuda, pequeñas? —sigue Nathan, avivando el fuego.

De repente, los atractivos hombres hacen algo que deja sin habla a las pequeñas princesas. Al unísono y como si hubieran estado ensayando la escena toda la tarde, se deshacen de sus boxers y se lanzan de cabeza a la piscina, a la caza de sus presas.




No hay comentarios: